—Eres demasiado buena para mí, Paula. Vamos... —le pasó el casco y añadió—: Sube a la moto antes de que cambie de idea —bromeó una con sonrisa burlona, recorriéndola de arriba abajo con los ojos oscuros. De pronto se le ocurrió que nunca la había visto llevar otra cosa que no fueran pantalones cortos. Algo cómodo para una moto, pero no pudo evitar preguntarse cómo estaría bien maquillada y peinada con un vestido de marca como los que solían usar sus habituales amigas—. Esta noche ponte un vestido —pidió.
—¿Para una moto? ¿Bromeas? —pasó una pierna hermosa por encima del asiento.
—No, no —montó y miró por encima del hombro—. Esta noche iremos con estilo. Te recogeré a las ocho en un coche.
Paula juntó las manos alrededor de la cintura de Pedro y se agarró con fuerza cuando arrancó. Por lo general disfrutaba sintiendo ese cuerpo viril y fuerte, pero en ese momento su mente hizo un rápido inventario de su guardarropa y se dio cuenta de que no tenía nada para ponerse.
Cuando oyó el sonido del timbre, Paula se despidió con un gesto de una ceñuda Rosa y corrió por el pasillo de mármol hacia la puerta de entrada. Rezaba para que Pedro diera su aprobación al vestido rosa pálido de chifón que había comprado esa tarde en las rebajas de una boutique muy cara de la ciudad.
La reacción de él fue todo lo que esperaba. Abrió mucho los ojos oscuros y una expresión arrobada cruzó por su rostro atractivo.
—Estás absolutamente arrebatadora, Paula.
—Hice lo que dijiste. Me puse un vestido —respondió en voz baja, con el corazón henchido de amor y orgullo. Él llevaba una camisa de un verde pálido, abierta al cuello para revelar la columna bronceada de su cuello. Unos pantalones de algodón de color crema ceñían sus caderas estrechas y las piernas largas y fuertes; calzaba unos mocasines de piel de color marrón.
Pedro guardó silencio un momento, evaluándola con la mirada. Llevaba el cabello rubio plateado recogido y mostraba un crucifijo de diamantes que brillaba al cuello. Las piedras eran auténticas y el vestido elegante de marca.
Frunció el ceño. Quizá ella sabía quién era. Se preguntó quién engañaba a quién. Esa noche parecía mayor de veintiún años; parecía una dama madura y sofisticada. Se dijo que tal vez a ella también le gustaran los juegos.
—Pedro —Paula tuvo la incómoda sensación de que de algún modo lo había irritado, y se preguntó si alguien enamorado vivía en una montaña rusa emocional.
—Paula —una sonrisa cínica asomó a sus labios. La tomó del brazo y añadió—: Vamos a cenar.
Un minuto más tarde se hallaba sentada al lado de él en un gran Volvo azul.
—Es un bonito coche; ¿es tuyo? —preguntó.
—De mi familia —se inclinó y le dio un beso rápido y apasionado—. No te preocupes, no lo he robado —explicó.
—Ni se me pasaría algo así por la cabeza —respondió ella.
—Claro que no—la miró con una ceja enarcada y ambos rieron al recordar su primer encuentro.
Media hora más tarde, cuando él le tomó la mano y la ayudó a bajar del vehículo, alzó la cabeza para observar con interés la gran casa de piedra gris que se erguía en una claro rodeado de árboles.
—¿Dónde estamos? —inquirió. No parecía un restaurante. Había encendida una sola ventana, cuya luz iluminaba una terraza, y dentro no había ni un alma.
—Pensé en llevarte al restaurante más caro de la zona —la giró para que lo mirara y agregó con voz sensual—: Pero pensé en algo más privado.
Las mariposas que Paula tenía en el estómago iniciaron una estampida, pero se hallaba donde quería estar, con Pedro; le sonrió con expresión radiante.
—Reconócelo. No podías permitírtelo —lo desafió con tono de broma—. Así que decidiste invadir una casa en el bosque.
—Algún día tu imaginación te meterá en problemas, cariño —comentó con tono cínico, pero la expresión risueña lo delataba—. No hace falta que entremos a la fuerza... dispongo de una llave. La casa es propiedad de la empresa para la que trabajo, y tengo permiso para usarla.
—Oh, así que está vacía —murmuró con voz débil y tragó saliva, sabiendo que una vez que entrara en la casa aceptaría de forma tácita dar el siguiente paso en su relación íntima.
—No voy a mentirte, Paula. Te deseo, tú lo sabes — musitó—, Pero prometo que no haré nada que tú no quieras que haga —le aseguró con una sonrisa—. Y ahora entremos, que la cena nos espera. He venido antes a prepararla.
—¿Cocinas? —preguntó cuando él abrió la puerta y la instó a entrar con la mano en su espalda.
—Puedo hacer cualquier cosa —respondió con arrogancia, y antes de que ella adivinara sus intenciones, la giró en sus brazos y la besó con ardor. Cuando al fin alzó la cabeza, ella lo miraba con ojos asombrados y adoradores—. Será mejor que cenemos —comentó con aspereza—, mientras aún podemos.
Paula sabía a qué se refería, El hambre que sentía por él crecía por momentos. Desconocía a la mujer sensual y necesitada que se había vuelto con Pedro. Pero había tomado una decisión... iba a arriesgarse y averiguarlo...
Cenaron en la terraza con la luz de unas velas. Pedro fue un anfitrión maravilloso, pero Paula tuvo que reírse de la comida.
—¿Llamas a esto cocinar? —se burló al llevarse lo último de la ensalada de patatas a la boca. Había servido melón con jamón, seguido de camarones en ensalada, luego carne fría con más ensalada—. Ni uno solo de los platos requería una preparación complicada. Eres un fraude. Apuesto que lo compraste todo preparado en la ciudad.
—Quizá, pero ha funcionado... necesitaba tenerte a solas —comentó con sonrisa lasciva, y volvió a llenarle la copa con vino blanco.
—Eres incorregible.
—Lo sé —durante un momento el humor compartido los unió, pero sutilmente la atmósfera cambió y sus ojos se fundieron—. Paula —murmuró Pedro—, no nos queda mucho tiempo; tu jefe vuelve mañana y yo he de ir a Génova; estaré fuera unos días.
—Te vas —el corazón se le hundió. El idilio de vacaciones llegaba a su fin, aunque se dijo que eso no significaba que su relación tuviera que terminar.
—Pasará al menos una semana hasta que volvamos a vemos —alargó las manos hacia ella, con las palmas hacia arriba—. ¿Entramos?
El corazón de Paula se animó; pretendía verla otra vez. Lo miró a los ojos, y lo que vio en sus profundidades castañas le aceleró el pulso. Supo que toda la velada había conducido hasta ese momento. Habían reído y bromeado, pero la tensión sexual subyacente se había ido haciendo más y más fuerte. Sabía lo que él ofrecía y también que si aceptaba sus manos ya no habría marcha atrás.
Dejó la copa sobre la mesa y puso las manos en las de él.
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