martes, 14 de enero de 2014

Capitulo 9

—¿Quién has dicho que era? —la dominaba la confusión. Era el doble de Pedro, pero con diferencias sutiles. Parecía mayor; las facciones eran las mismas, pero la risa que se veía en los ojos de Pedro no resultaba evidente en los rasgos fríos y arrogantes de ese hombre.
—El conde Pedro Alfonso —repuso Zaira entusiasmada—. La mansión de su familia está en Lombardía, pero tiene propiedades por todas partes. Gonzalo lo conoce y espera exportar vino a Inglaterra de los viñedos Bardolino propiedad del conde.
Paula cerró los ojos y deseó que la imagen de ese hombre se desvaneciera. Los abrió otra vez y un miedo terrible la dejó pálida. Tenía la misma desviación en la nariz que su Pedro, pero no podía ser...
—¿Cómo has dicho que se llamaba? —preguntó, sin estar preparada para creerlo.
—Pedro. 
—¿Esos no son dos nombres? —seguía negando la verdad que tenía ante los ojos.
—No. Piénsalo. El papa se llama Gaston todos son nombres bastante populares. En especial en la clase de familia aristócrata a la que pertenece Pedro Alfonso —le susurró Zaira, y entonces, para horror de Paula, se levantó y le dijo algo en italiano al hombre.
Paula experimentó un ataque de náuseas. Ya no podía negar las pruebas que tenía delante de sus ojos. Era Pedro, su Pedro, pero como nunca lo había visto. Alto y sofisticado, con el pelo rebelde engominado hacia atrás de su frente ancha, estaba espléndido.
Con el sabor de la amarga humillación en la boca, Paula trató de esconderse en la silla, con el corazón atenazado por la angustia. Le había mentido, la había tomado por tonta, y con cada segundo que pasaba sentía que moría un poco más por dentro.
—Y te presento a Paula Chaves, mi niñera. Paula —Zaira alzó la voz y a Paula no le quedó más remedio que ponerse de pie para que le presentaran al conde Alfonso.
—Ah, Paula —en los ojos oscuros de él bailó una expresión risueña, y ella supo que iba a decir que ya se conocían.
El orgullo hizo que se adelantara y extendiera la mano.
—Encantada de conocerlo, conde Alfonso —ya era bastante malo haber quedado como una tonta ante ese hombre, pero bajo ningún concepto quería que su estupidez le fuera revelada a Zaira Nara, o a cualquier otra persona.
Antes de llevarse la mano de ella a los labios, la miró con expresión curiosa. Ella experimentó una sensación eléctrica hasta los mismos pies, y él lo supo.
—¿Le gusta nuestro país? —preguntó él con cortesía.
—El país es precioso —liberó la mano, sin saber cómo consiguió responder. Se hallaba conmocionada, aunque la situación no había terminado, ya que con impecables modales, él les presentó a las dos mujeres que lo acompañaban.
Su madre, una dama de pelo plateado que debía superar los sesenta años aunque parecía mucho más joven, miró brevemente a Paula bajando la elegante nariz y murmuró la respuesta apropiada. La otra mujer tenía treinta y tantos años, era hermosa e iba vestida con suma elegancia. Apoyaba una mano en la manga del conde y la otra la extendió hacia Paula. Al parecer era su cuñada, Micaela Alfonso.
—Esta debe de ser una experiencia inolvidable para una niñera —añadió Micaela con su saludo, observando a Paula con ojos fríos al tiempo que sus labios finos exhibían una sonrisa condescendiente.
—Se podría decir que sí —espetó Paula. La conmoción que la había mantenido paralizada comenzaba a evaporarse y a dejar sitio a una creciente furia—. Aunque en realidad no soy niñera. Terminé la universidad en junio y estaba aprovechando el verano antes de iniciar en octubre mi carrera como investigadora química para el Estado —miró a Pedro... «no, no es Pedro», se recordó, «sino el conde Pedro Alfonso»—. Creo que es importante ser sincero con estas cosas desde el principio, para evitar cualquier malentendido posterior. ¿No lo cree así, conde Alfonso? —pronunció su nombre con amargo sarcasmo. No pensaba dejar que esos aristócratas se mostraran condescendientes con ella.
El rostro bronceado de él se oscureció por el bochorno. ¿O sería la furia? Durante un segundo, ella pensó que había ido demasiado lejos. Él la miró con ojos entrecerrados y duros, pero al hablar lo hizo con suave cortesía.
—Sí, desde luego, Paula, tiene usted razón.
Por el rabillo del ojo vio que Zaira le lanzaba una mirada furiosa antes de decirle a Micaela algo en italiano. «Probablemente se está disculpando por la falta de tacto de su niñera», pensó con la furia que no cesaba de bullir en su interior.
—Pero en algunas situaciones no hay tiempo para exponer la verdad —la boca de Pedro sonrió con ironía ante la irritación evidente de ella—. Discúlpennos, pero ahora hemos de ocupar nuestros asientos, aunque tal vez luego... —se dirigió a Zaira Nara—...Paula y tú queráis acompañarnos a cenar.
Paula se puso rígida y tembló al pensar en pasar un momento más en su compañía. Vio que Zaira abría la boca y aceptaba.
Era imposible que pudiera comer y beber con ese hombre. Cuanto más lo miraba, más comprendía la profundidad del engaño. El aura de poder y rango que irradiaba era manifiesta. Ese hombre era un completo desconocido para ella.
Recordó el primer día cuando él se presentó como Pedro. Una risa y una simple explicación y la última semana jamás habría tenido lugar.
Respiró hondo y con ironía se recordó que era una mujer adulta y no una tonta adolescente. Las señales habían estado ante sus propios ojos; el hecho de que el amor la cegara era culpa suya. Alzó la cabeza y para su sorpresa descubrió que recibía ayuda de una fuente inesperada.
—Micaela tiene razón —le decía Zaira al conde Alfonso—. A pesar de lo mucho que nos habría gustado acompañaros luego, he de postergarlo. Mi marido sigue sufriendo muchos dolores. Pero como insistió en que no me perdiera la gala de esta noche, lo menos que puedo hacer es volver lo más pronto posible a su lado.
—Desde luego —convino el conde—. Quizá en otra ocasión.
De pronto todo el mundo comenzó a dirigirse a los asientos, y Paula se sentó en el suyo mientras la orquesta comenzaba a afinar.
—Zorra —le susurró Zaira a Paula.
—¿Qué? —preguntó esta—. ¿Qué he...?
—¡No, tú no, tonta! Micaela Alfonso. Le conté lo del accidente de Gonzalo y de inmediato dio a entender que debería estar en casa cuidando de él... ha sido su manera de cerciorarse de que rechazaba la invitación para unirnos a su grupo. Desde que su marido murió hace tres años... —miró a Paula—... se ha rumoreado que no sería nada reacia a casarse con el hermano menor. Es evidente que nos ha tomado a ti y a mí como competencia. Aunque no creo que tenga éxito. Pedro sale con algunas... con muchas de las mujeres más hermosas del mundo. No lo veo asentándose sólo con una, y aunque su cuñada está bien, no es nada especial.
Con una especie de fascinación enfermiza, Paula observó al grupo de Pedro ocupar sus asientos en la primera fila. Estaba como embotada. Ni se atrevía a respirar por el dolor que sabía que iba a sentir.
Luego, no recordó ni una sola escena de la ópera Don Giovanni.
La voz de Zaira le llegó como desde lejos.
—Deprisa, Paula. Quizá alcancemos al conde al salir. Quiero invitarlo a cenar. Quizá eso ayude a Gonzalo a cerrar el trato con él —Zaira se puso de pie.
Paula no deseaba volver a hablar jamás con el conde, y en un intento desesperado por retrasarlo, dejó caer el bolso al suelo. Se agachó y fingió que había perdido algo, y cuando al fin se incorporó, el grupo de los Alfonso se había ido y Zaira echaba fuego por los ojos.
Paula pensó que el aprieto había terminado, pero no tuvo esa suerte. Al regresar a la villa, Zaira había superado su malhumor y después de descubrir que su marido ya se había ido a la cama, insistió en que Paula compartiera una copa con ella.
—De hecho, creo que aún tengo la revista del año pasado en la que el conde permitió que le hicieran un reportaje gráfico de diez páginas para mostrar su estilo de vida. Pero solo con la condición de que realizaran un donativo importante a un pueblo que está junto al río Po que a punto estuvo de quedar enterrado en un desprendimiento de tierra.
Fue una tortura para Paula. Se bebió la copa de vino y por primera vez en su vida deseó poder beberse una botella entera para desterrar el horror de la velada.
Pero cuando Zaira regresó y extendió una conocida revista italiana sobre la mesa y comenzó a explicarle las diversas fotos, empeoró. Paula observó las fotos ahogada por la humillación.
La enorme mansión familiar en el corazón de la campiña, los pisos de Nueva York y Roma, el yate transoceánico en el puerto de Génova. Pero lo que rompió su corazón fue la foto de lo que llamaban albergue de caza en la ladera encima del Lago Garda.
Lo reconoció. Era la casa a la que la había llevado el viernes anterior... la casa que le había dicho que era propiedad de la empresa para la que trabajaba. Todo su cuerpo se contrajo en una mezcla de dolor y náuseas en el núcleo de su estómago. ¡Cuánto debió reírse por la facilidad con que la había engañado!
—¿Te encuentras bien? —preguntó Zaira, notando el prolongado silencio de Paula.
—Tengo el estómago un poco revuelto; probablemente por el vino. Creo que iré a acostarme —y huyó.

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