Cuatro días más tarde, el viernes, se casaron, y Paula, saliendo del registro civil con el brazo de Pedro alrededor de los hombros, seguía mareada por la velocidad con que se había desarrollado todo.
-Aguardad -Margaret, que con su hermano Jim había aceptado ser su testigo, los detuvo en los escalones-. Debes tener una foto -se llevó la cámara al ojo-. Decid patata.
Entre sesiones de sexo por la mañana, por la tarde y por la noche, Pedro lo había organizado todo. Paula había dimitido de su trabajo y había puesto a la venta la casa familiar, pues Pedro había insistido en que a partir de ese momento su hogar estaría con él.
Lo único que Paula había hecho por su cuenta había sido ir de compras. Había comprado ropa interior de encaje y un par de camisones de satén, algo de ropa informal y un vestido de cóctel, más el vestido que llevaba puesto en ese momento.
Era un vestido de cachemira de color blanco, de manga larga, con un escote suave y redondo que revelaba el nacimiento de los senos. La lana fina le ceñía la figura y se abría levemente desde las rodillas casi hasta los pies. Elegante e ideal para un día de enero, le moldeaba el estómago, pero no le importaba. Aparte del ramo de flores amarillas, su único adorno era un crucifijo de diamantes alrededor del cuello.
-Estás hermosa -le dijo Pedro al ayudarla a subir al coche que esperaba-. Mi esposa -la besó con una sonrisa satisfecha.
Sentados en la sala VIP del aeropuerto, Paula observaba a su nuevo marido. Se hallaba en el mostrador de negocios, enviando mensajes a Dios sabía quién, mientras esperaban que anunciaran el embarque para su vuelo a Roma. Lo miró divertida mientras hablaba por teléfono y gesticulaba. En ese momento se le ocurrió pensar lo latino que era.
Frunció levemente el ceño al preguntarse por primera vez cómo le iría viviendo en lo que para ella sería un país extranjero, con Pedro y su familia.
Más tarde, ese mismo día, Paula se hallaba en la terraza y contemplaba boquiabierta la vista. Toda Roma se extendía ante ella. Dos brazos fuertes rodearon su inexistente cintura.
-¿Te gusta la vista, cara?
Había deshecho las maletas mientras Pedro realizaba algunas llamadas urgentes, para luego ofrecerle un recorrido rápido del ático: el salón era cómodo pero elegante, decorado de azul y oro, los muebles una selección de exquisitas antigüedades, mientras el dormitorio principal era una sinfonía de crema y rosa oscuro, al tiempo que los otros tres dormitorios exhibían igual elegancia.
Se volvió despacio en los brazos que la sostenían y le sonrió encantada.
-La vista es magnífica... el piso es magnífico -le tocó la cara y añadió-: Y tú eres magnífico -siguió el contorno de los labios con un dedo-. ¿Podemos quedamos aquí para siempre?
-Para siempre, no -respondió después de besarla-, pero sí los próximos tres días. Luego tenemos que ir a mi mansión en la campiña, y yo deberé regresar al trabajo.
-¿Crees que le caeré bien a tu familia? -Paula expuso su temor-. Tal vez tendrías que haberla invitado a la boda.
-Les encantarás, y no había tiempo para invitarlos., De todos modos, ya has conocido a mi madre y a Micaela, y saben por qué nos hemos casado. Mamá está preparando una recepción en tu honor dentro de dos semanas con el fin de presentarte a todo el mundo.
Algo de lo que dijo Pedro la inquietó, pero antes de que dispusiera de tiempo para pensar, él añadió:
-Pero en este momento quiero empezar la luna de miel -se inclinó y la alzó en vilo-. ¿Te haces una idea de lo mucho que te deseo? -preguntó con voz ronca mientras la dejaba de pie en el dormitorio y con celeridad le quitaba la ropa-. ¿Cuánto te anhelo? - también se desprendió de su ropa.
A Paula se le desbocó el corazón al verlo. Era poderoso, viril y la atmósfera de la habitación parecía cargada con una corriente eléctrica de sensualidad.
Él la recorrió con la vista con expresión posesiva y ella se regocijó en su escrutinio; era su marido. Los ojos oscuros y profundos de Pedro parecieron atravesarle el alma cuando alargó los brazos hacia ella.
-Paula, mi esposa -gruñó-. Al fin -la atrajo con una urgencia salvaje que la sorprendió.
En las largas horas llenas de pasión que siguieron, saciaron sus respectivos apetitos hasta el punto de la extenuación. Paula creía que él le había enseñado todo sobre el amor en los últimos días, pero seguía asombrándola.
-Me vuelves insaciable -musitó él al retirarse a regañadientes del núcleo de Paula y acomodarla en la dura curva de su cuerpo-. He de recordar que estás embarazada y controlarme.
Paula sonrió.
-Ya es un poco tarde, mi amor -murmuró con voz somnolienta, apoyando la cabeza en el costado del pecho de Pedro-. Pero es nuestra noche de bodas -susurró con el cuerpo saciado y exhausto.
Un sonido la arrancó del sueño; giró en la cama, alargó la mano hacia él y solo encontró espacio. Se sentó, parpadeó y miró alrededor. Era evidente que la luna de miel había terminado.
Los últimos tres días habían sido los más maravillosos de su vida. Pedro le había mostrado Roma, el Coliseo, la fuente de Trevi, donde había echado la obligatoria moneda, y todas las atracciones turísticas obvias y unas pocas que no lo eran tanto. Un suspiro de satisfacción acompañó al crujido de su estómago. Ya comía por dos y la noche anterior habían vuelto a saltarse la cena. Salió de la cama, fue al cuarto de baño y, después de una ducha, regresó al dormitorio cubierta con una toalla.
Hola, perdón por la tardanza! A la noche subo otroo :) @AdaptacionesPyP
Qué lindo cap!!! Espero el de la noche.
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