domingo, 23 de febrero de 2014

Capitulo 28

Mientras observaba a su hija dormida, pensó que no había tenido ninguna elección. Luego alzó la cabeza y contempló con desagrado la enorme araña que aún seguía pintada en la pared.
Sabía que no habría terminado en la cárcel, pero habría traicionado a Ellen y al doctor. Pero el factor decisivo, lo único que no había sido capaz de contrarrestar, había sido permitir que Annalou visitara Italia sin ella y quedar sometida a la venenosa presencia de Micaela.
Se volvió cuando la voz de Pedro interrumpió sus reflexiones.
-Es una niña hermosa -inclinó el cuerpo para besar la mejilla de su hija.
Llevaba puesto un albornoz azul marino que le llegaba a la mitad de los muslos. Paula se ruborizó por el rumbo que tomaban sus pensamientos y apartó la vista. Respondió con sequedad por la debilidad con que había reaccionado ante su súbita aparición.
-Sí, lo es, y quiero que siga igual, sin recibir ninguna influencia de tu cuñada. ¿Micaela cenará con nosotros? -anadió.
Habían llegado a la Casa Alfonso a las cuatro. Para sorpresa de Paula, su suegra, Carmela, la había recibido con los brazos abiertos y se había disculpado por no ser más amiga de ella la última vez que había estado en la mansión. Y Anna seguía allí, prometida y con fecha de boda para agosto.
A Annalou la casa le había gustado de inmediato, en absoluto intimidada por la vasta morada y los criados. Cuando Paula, con ayuda de Anna, la puso a dormir, la pequeña había conseguido recibir la promesa de que sería dama de honor en la boda. La única persona a la que Paula aún no había visto era Micaela.
Pedro se acercó al pie de la cama y se detuvo junto a Paula, para mirarla con ojos enigmáticos.
-Micaela no va a cenar con nosotros. Ya no vive aquí.
-¿Qué? Pero anoche dijiste... -calló. No había confirmado ni negado la presencia de Micaela; solo le había indicado que fuera con la pequeña-. Me hiciste creer...
-Lo que tú querías creer, cara -cortó con expresión sarcástica-. Yo quería tener a mi esposa y a mi hija de vuelta en casa, y empleé todos los medios a mi disposición. En mi libro, el matrimonio es para siempre. Recuerda eso y nos llevaremos bien.
-¿Micaela se marchó? ¿Cuándo? -todavía le costaba creerlo.
-Unas pocas semanas después que tú. Está casada con un banquero y vive en Suiza.
Se preguntó si Pedro habría sufrido por la pérdida de Micaela. Bajó la cabeza para ocultar el asombro de la revelación. No lo parecía, ya que la estudiaba con interés masculino. Paula ya se había bañado y duchado para la cena; llevaba puesto un vestido violeta de satén con unas finas tiras, y para su vergüenza sintió que los pechos se le endurecían de hormigueante excitación contra la tela suave. La noche anterior la había tomado sin quitarse la ropa, pero esa noche, con el albornoz de él abierto, comprendió que llevaba tres largos años sin ver tanto cuerpo masculino.
- ¡Por el amor de Dios, ve a ponerte algo! -exclamó, pasando a su lado de camino hacia la puerta-. La cena es a las nueve -parecía su madre, y la risita que soltó Pedro no hizo nada para calmarle los nervios.
Paula apenas cenó, a pesar de que no había comido casi nada en todo el día. Había llamado a Ellen para pedirle que vigilara la casa. Luego habían volado desde Exeter hasta Verona en avión privado, y el trayecto final hasta la mansión lo habían hecho en coche. Todo había sucedido tan deprisa, que no pensaba con claridad; se sentía con la cabeza en las nubes.
Miró a Pedro, sentado a la cabecera de la mesa, y le sonrió con expresión de disculpa a Carmela antes de levantarse.
-Ha sido un día largo y me encuentro cansada, así que si me disculpáis, creo que me iré a acostar.
-Desde luego -respondió Carmela-. Lo entiendo.
-Has tenido una semana traumática. Necesitas descansar -comentó Pedro-. Duerme bien.
«Así es», pensó conteniendo un bostezo. La muerte de Tom, el funeral cinco días más tarde, Pedro al día siguiente... de pronto se dio cuenta de que en una semana apenas había comido y descansado.
-Buenas noches -se despidió sin mirarlo y se marchó a toda velocidad.
Ocupaba el mismo dormitorio que antes y Anna había extendido el camisón de algodón sobre la enorme cama con dosel. Se preguntó si Pedro aún ocuparía el dormitorio adyacente, pero de inmediato descartó el pensamiento. Imaginarlo en una cama no hacía nada para relajarla.
Entró en el cuarto de baño. A los pocos minutos se había duchado y puesto el camisón. Se miró en el espejo e hizo una mueca. Con el pelo suelto y la cara limpia de maquillaje, el único punto de color que tenía eran las ojeras. Parecía un fantasma.
Se encogió de hombros y regresó al dormitorio y de ahí pasó a la habitación de la niña. Permaneció unos minutos observándola mientras dormía y luego rezó para que Annalou fuera feliz allí. La pequeña era lo más importante.
Suspiró y tocó la mejilla de su hija. Se preguntó si Pedro había tenido razón el día anterior al decirle que tres años atrás había vuelto a sacar conclusiones precipitadas. Si no era así, ¿importaba que hubiera amado a Micaela? Esta ya no formaba parte de la ecuación.
Durante años había tratado de no pensar en su marido, porque le causaba mucho dolor, pero en ese momento se enfrentaba a los hechos. La noche anterior le había enseñado que se sentía tan atraída por él como siempre. Pero ya no lo llamaba amor. Era mayor y más sabia, y por primera vez desde que volvió a verlo, consideró la posibilidad de tratar de hacer que el matrimonio funcionara.

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